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Shortbread de limón, tomillo y queso feta: una masita que lo tiene todo.

Cuando se me ocurrió crear esta receta pensé en la gran capacidad de adaptación que tienen este tipo de masas. El shortbread es originalmente escocés, pero surgido del intercambio entre pasteleros de esa nación y de Francia, allá por la Edad Media (S XII a XVI, aprox.) Es similar a una masa brisée, es dulce pero puede tomar otros caminos, como elegí al publicar esta receta en La cocina de Santé (Grijalbo, 2020).


Nociones previas:


Se puede cambiar de queso, siempre que se trate de uno similar al feta. La idea de hacer un shortbread de feta, limón y tomillo surgió de la ingesta -acaso excesiva- de ese queso con esos sabores en un viaje por Italia.


Si no tienen harina de centeno a mano, se puede usar algún tipo de harina sin gluten (de avena, por ejemplo), aunque ahora las de centeno o cebada se encuentran en cualquier gran superficie.


Hagámosles:



200 g manteca blanda

65 g azúcar impalpable

1½ cta. sal

250 g harina 0000

70 g harina de centeno

120 g queso feta

Tomillo fresco

Ralladura 1 limón

Aceite de oliva para pincelar

Sal marina (opcional)


En un bol, cernir las harinas, la sal, la ralladura y las hierbas picadas. En otro bol desmenuzar el queso feta. Reservar. En el bol de la batidora, realizar una crémage (ver p. XXXX) con la manteca y el azúcar. Incorporar el queso y por último los secos. Amasar entre separadores hasta lograr un grosor de 5 mm. Llevar a la heladera o al frízer para cocinar en cualquier momento. Cortar cuadrados de 3 por 3 cm, o darles otra forma con algún cortante. Pincelar con aceite de oliva y espolvorearlos con las escamas de sal. Hornear hasta que estén dorados, por 8 a 10 minutos, en horno a 170 °C.


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